Definitivamente, con la vuelta al cole han empezado mis vacaciones y mis rutinas deportivas. Así, tal cual, sin apenas moverme de casa, por muy raro que a algunos les parezca.
Este año más que ninguno estaba ansiosa por empezar el nuevo curso. Comentándolo con diferentes madres y padres, me he dado cuenta de que nos dividimos en dos grupos: los que querían que empezara el cole ya y los que no. Los que sí queríamos éramos padres de más de un hijo con edades inferiores a los diez años. Hablando con un papá de un solo niño de cuatro años de carácter tranquilo, me miraba alucinado cuando le dije que estaba encantada de dejarles en el cole; "estás fatal de lo tuyo" -me dijo riendo. No me lo tomé a mal, ya he aprendido a desechar de mi mente ciertos comentarios, incluso bromeé diciendo que era "muy malamadre", señalando la camiseta que llevaba en ese momento haciendo los honores.
Y es que no es lo mismo tener un solo hijo que tener dos, tres, cinco u ocho. Como tampoco es lo mismo tener hijos de doce años que tenerlos de cuatro o menos. Al igual que muy distinto también es que sean niños tranquilos a que sean intensos o con algún trastorno. Este verano pude comprobar cómo es la maternidad con un solo hijo intenso mientras Alba pasaba un mes con sus abuelos por iniciativa propia; me pareció bastante fácil, la verdad, algo de lo que no fui consciente cuando solo la tenía a ella. Lo que peor he llevado han sido las discusiones, gritos, peleas y llantos entre ellos, continuamente, un día tras otro, y eso iba minando mi moral.
'Me hace gracia' cuando relatando mis vivencias con mis hijos me dicen: "hombre, Alba ya tiene nueve años, se comportará mejor". Entonces me doy cuenta de que todavía queda mucho por hacer con este trastorno invisible que es el TDAH, pues la mayoría de las personas desconoce todas las implicaciones que supone: el córtex prefrontal del cerebro con TDAH presenta en muchos casos un retraso madurativo superior a los dos años. Es decir, Alba tiene nueve años pero su comportamiento es como el de una niña de seis o siete que no para quieta mucho tiempo, que no calla, que le cuesta concentrarse y hacer caso y que cuando estalla es un huracán; si a eso le añadimos que su hermano de cuatro también es intenso, - no sabemos todavía si tiene TDAH también -, significa que juntos son bombas de relojería.
El hecho de que yo no estuviera trabajando también ha influido, pues no han ido a campamentos urbanos y no he dejado de ser madre las 24h del día durante todas las vacaciones escolares. Hubo momentos en que deseé estar trabajando ya para liberarme unas horas de mi rol de madre; de hecho, ayer actualicé mi CV.
Entonces recordé una conversación con una ex-compañera de trabajo: "yo vengo al trabajo a descansar de mis hijos" - me dijo. A mis veinticinco años no era capaz de comprender lo que quería decir con aquello, me resultaba extraño eso de descansar mientras trabajaba. Y ahora, quince años después, entiendo sus palabras una a una, porque lo he vivido en mis propias carnes. No cabe ninguna duda de que la desconexión del cuidado de los hijos durante unas horas es liberadora y beneficiosa para nuestra mente y cuerpo.
Una pregunta que me hace Alba a veces desde que no trabajo es: "mamá, ¿por qué vamos a comedor si tú no trabajas?" - por mi salud mental, siempre la respondo. Porque la intensidad en mi casa también está siempre presente en los desayunos, tentempiés, comidas, meriendas y cenas.
Lejos de parecer una madre desnaturalizada, diré en mi defensa que amo a mis hijos por encima de todas las cosas, que podría pasarme horas abrazándoles y besándoles, que daría mi vida por ellos, pero también soy una humana que siente y padece.
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