Este mes que Alba ha pasado sola con sus abuelos en la playa por iniciativa propia, me ha servido para darme cuenta de lo mucho que la he echado de menos, de lo diferente que se vive la maternidad cuando tienes más de un hijo y, en este caso, la vida de monomadre temporal.
Cuando solo teníamos a Alba, la felicidad fue absoluta como también lo fue el caos en el que empezamos a vivir; un mundo nuevo por descubrir y sin manual de instrucciones: cansancio extremo, miedo a hacerlo mal, culpa por no saber qué hacer, incertidumbre constante... Sin embargo, cuando nació Iker fue totalmente distinto: disfruté más a pesar de tener más trabajo. La tranquilidad fue la clave, sabía a qué me enfrentaba y pude corregir errores del pasado, aunque el miedo y la culpa seguían presentes, pero diferentes.
Este mes que me he podido dedicar en exclusiva a Iker ha sido muy gratificante, aunque él estaba un tanto extrañado, pues desde que nació siempre ha estado acompañado de su hermana y la echaba en falta.
Con la monomaternidad, además de no tener la parte negativa de la convivencia (sus enfrentamientos, sus gritos, sus peleas) y ser más llevadero el día a día con un solo hijo, ha habido varias primeras veces en planes que él siempre había hecho en compañía de su hermana: hemos ido a la piscina, también al campo, hemos hecho galletas, hemos ido al cine, a la biblioteca y también fui un rato con él en el coche en la parte de atrás en nuestro viaje a la playa para el reencuentro con Alba y sus abuelos. Y un momento del día que ambos disfrutábamos mucho era cuando se venía a mi cama después de que Nacho se fuera a trabajar. Él mismo me decía: "mami, cuando papá se vaya trabajar, me voy contigo a tu cama para dormir otro ratito los dos juntos".
El trabajo que supone criar a varios hijos es directamente proporcional a la intensidad de cada hijo.
Ayer llegamos a Vinaroz y el reencuentro fue muy emotivo: ver cómo se abrazaban y se besaban los dos, lo pletóricos que estaban de volver a verse y contarse sus cosas me llenaron de amor. Y al poco, todo volvió a la normalidad: jugaron, discutieron, rieron, se pegaron, se abrazaron, gritaron, corrieron, así en bucle.
Vuelta a la intensidad. Porque mi bimaternidad es eso, intensidad en estado puro. Algunos me llamaron loca cuando dije que volvía a estar embarazada: "¿Cómo se te ocurre tener otro hijo siendo como es Alba?". Pues sí, Alba NO fue "Niña Trampa", no, todo lo contrario: la niña más intensa que había conocido yo hasta el momento, y lo sigue siendo, aunque con nueve años está un poco más moderada. Y aún así, quería tener otro hijo porque sí, porque me va la marcha, incluso por aquel entonces no descartaba un tercero. Y entonces me convertí en bimadre... Iker SÍ fue un "Niño Trampa" los seis primeros meses de vida, nada tenía que ver con su hermana, pero fue crecer un poco y salir el "Niño Intenso" que llevaba dentro, nos tenía engañados a todos.
Me río yo de la gente que dice que el trabajo con dos hijos se multiplica por dos... MENTIRA. El trabajo que supone criar a varios hijos es directamente proporcional a la intensidad de cada hijo. En mi caso, podría multiplicar por cuatro. Pero la bimaternidad me ha aportado muchas cosas buenas:
- Saber que el amor no se divide entre cada hijo, se multiplica. Este era uno de los miedos que tenía cuando estaba embarazada del segundo "¿le querré menos?" NO.
- Recibir el amor multiplicado por dos es infinito: cuatro bracitos rodeando mi cuerpo es una sensación tan placentera que podría quedarme horas así.
- Conocer el amor entre hermanos: qué feliz soy y qué ternura siento cuando les veo abrazarse, darse besos, decirse que se quieren... verles jugar sin pegarse es una delicia.
- Darme cuenta de que cada hijo es diferente, con necesidades diferentes: los valores inculcados son los mismos pero cada uno tiene su carácter, sus gustos, sus preferencias.
- Los segundos aprenden más rápido: aún siendo diferentes, Iker aprende a la velocidad del rayo cosas que Alba todavía no había descubierto a su edad, y he de decir que ella espabilada era un rato, y lo sigue siendo. Copia de su hermana mayor todo, lo bueno y lo malo, pero, sobre todo, lo malo lo aprende más rápido.
- La diversión se multiplica (al igual que el caos): si por separado cada hijo tiene ocurrencias con las que te partes de risa, juntos es para coger una cámara y grabarles.
- Mucho tiempo separados hace que se echen de menos, se necesiten, piensen el uno en el otro, sobre todo Iker: todos los días me preguntaba cuándo iba a venir Alba y si le compraba algo, siempre decía que también comprara alguna cosa para ella.
Y como todo, también tiene sus cosas menos buenas, pero no me arrepiento, mis dos hijos son lo mejor que me ha pasado en esta vida. Si volviera a nacer mil veces, mil veces volvería a tener a mis hijos.
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