41 primaveras cumplo hoy. He superado la barrera de los 40 con la sonrisa puesta, repleta de ilusión y con la sensación de haber disfrutado del comienzo de una década maravillosa. Ha sido un año de autoconocimiento, de descubrir nuevas facetas, de conocer nuevas personas, de dejar ir a otras, de cambios, de miedos, de incertidumbre, de nuevos proyectos, de volver al mundo laboral, de compartir tiempo, risas y emociones con personas que suman.
Y ahora tomo distancia y me visualizo hace 10 años. Cumplía 31. Estaba feliz, el día de mi cumpleaños siempre me ha hecho mucha ilusión. Además, mi sueño de niña de convertirme en mamá se acababa de cumplir. Alba tenía cuatro días y estaba sana, ¿qué más podía pedir?. Pero también me sentía enfadada y frustrada. La lactancia materna no estaba funcionando, ella lloraba mucho y yo no conseguía calmarla. Ambas dormíamos muy poco y yo tenía agotamiento extremo. La mochila de culpa se empezaba a llenar. Estaba en una montaña rusa emocional, inmersa en un mar de dudas. Estaba viviendo mi postparto, comenzando una nueva vida sin hoja de ruta.
Y vuelvo a mis 41. Y me doy cuenta de que en esencia sigo siendo la misma mujer sensible que sonríe mucho pero transformada. Porque la maternidad transforma. Porque la maternidad no es perfecta, pero es maravillosa, con sus luces y sus sombras. La maternidad es amor incondicional.
En estos diez años recorridos ya tengo bagaje suficiente para decir que ahora entiendo a mis padres, sobre todo a mi madre. Hasta que no me convertí en madre no he sido realmente consciente del verdadero esfuerzo que ellos hicieron en nuestra crianza y el amor que nos entregaron.

Día a día he ido adquiriendo un aprendizaje que no estaba escrito en los libros convencionales de crianza, con muchos tropiezos y desilusiones por el camino. Mis hijos han sido y son mis grandes maestros, su maravillosa inocencia e inagotable curiosidad me hacen recapacitar y me ayudan a parar.
Durante mucho tiempo intenté entender qué era lo que estaba haciendo mal para poder cambiar cuando en realidad no era yo, era un trastorno, el TDAH. Hasta que no lo supimos con certeza, yo me culpaba, y también me culpaban, por no saber hacerlo mejor.
También he conocido el miedo, sobre todo, ante las enfermedades de mis hijos y las mías propias, pero también he aprendido a que no me paralice, a relativizar.
Me ocupo de educarles en el amor, en el respeto hacia sí mismos y hacia los demás, en el esfuerzo, en la perseverancia, en no juzgar y en perseguir sus sueños sin perder la confianza en sí mismos.
Pero mi viaje todavía continúa, me queda mucho por recorrer y aprender. Poco a poco voy conociéndome mejor e intento cambiar aquello que me acerque a ser cada día una mejor versión de mí misma.
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